La habitación esta llena de libros dedicados por viejos camaradas, montones de ejemplares se apilan en las estanterías de forma horizontal y vertical; alguno de ellos esta pendiente de lectura pero dudo de poder cumplir con el compromiso dado lo avanzado de mi enfermedad. Estos camaradas, viejas amistades, eran gente conocida de antes de mi estrellato y estrellamiento como escritor, los fui perdiendo a todos o casi, a medida que mi ego crecía – llegue a la conclusión de que era una ecuación inversamente proporcional y su progresión lógica fue motivada solamente por mi -. No se que haré con estos compañeros, supongo que acabaran en una biblioteca publica o liberados en la calle, no pienso dejar que nadie se lucre con ellos; en una subasta, sabiendo de quien son y de que manos fueron obsequiados, alcanzarían un valor apreciable y no pienso dejar que se mueran en manos de un millonario snob o de un fanático que los guarde en una caja de cristal.
Hay múltiples ejemplares de prensa especializada, fruto de años de conservación de hemerotecas que no son digitales, artículos señalados, recortes y un sin fin de informaciones que me conectaban con la realidad diaria del mundo; esa realidad cada vez mas difícil de aprehender dada la cantidad de datos que bombardean los centros neuralgicos de datos y estadísticas que son los mass media, y otras corporaciones similares. Internet solo complico las cosas, lo que antes era local, ahora era una tragedia al otro lado del globo en segundos y se movilizaba algún que otro recurso para solventarlo, siempre se quedaban escasos y solo se tomaban medidas para consolar a los desconsolados del lado rico de una manera ineficaz. En todo caso me gustaba alardear de forma pedante en mis artículos de los domingos que muchos decían que estaban escritos con maestría, yo nunca creí que lo dijesen en serio, no por humildad sino por auto critica. Sé con certeza que mis otras obras eran mucho mas cuidadas y certeras, mi ficción superaba mis realidades. Aunque muchos se empeñen en llamarme periodista, yo me considero y me he proclamado siempre escritor, no dramaturgo o poeta o literato. Escritor.
Mi vieja Pentium yace sobre el escritorio, la pantalla de tubo catodico aun parpadea y muestra las letras que deje escritas antes de irme a coger el café que a buen seguro me provocara molestias pero que me niego a rechazar beber por el mero hecho de la costumbre y la superstición de que me ayuda a pensar. Tengo la suerte de que no se haya intoxicado con programas basura, sigue funcionando correctamente para los menesteres que me ocupan en estos días, es decir, la edición de este texto y visionar la hora en el reloj de la esquina. Nunca había visto tantas veces la hora por minuto, nunca tuve relojes o móviles o cosas que me atasen a los demás; cadenas y convenciones sociales modernas e innecesarias.
Nunca llegue a ser un asceta o un ermitaño, durante un breve periodo de tiempo roce la misantropia por algún desengaño que me lleve por un individuo, cercanos casi siempre, parte del resto del genero. Muy poca gente me entendía antes y aun menos me entienden ahora, entre los camaradas puedo contar a un amigo de la ciudad que siempre me llamaba por teléfono, una muchacha del otro lado del mundo pero que era de Madrid, dos o tres camareros (según la época) y mi mujer antes de la gran discusión. La incomprensión y admiración general llego con mi tercera novela, mis mayores errores también se forjaron en esa época, todo cambiaría. Mis mayores desdichas nacieron junto con mi sarcasmo, yo no era así, me convertí en un monstruo o la fama lo hizo aunque se que no es una excusa o una explicación, si se que es algo que ayuda a conmiserarse y es lo mas cercano que estare a una descripción digna.
Morí por mi mismo antes de llegar a esta muerte. Hablar demasiado de mi y escuchar demasiado poco las quejas de los demás me condeno a una muerte social que no creí que me importase, me doy cuenta de mi error. Todo empezó y terminara en una espiral de autocomplacencia y egoísmo, me doy cuenta de que a pesar de todo lo que escriba, esto se terminara editando cuando ya este muerto y los papeles no serán suficientes para el perdón en vida. Me queda el consuelo de Moises, saberme conocedor de la Tierra Prometida desde lejos pero no ser capaz de pisarla. Si Dios esta ahí, me ha castigado y soy merecedor de su ira, siempre he dicho que creía tanto en el como el en mi.
Mis días pasan y aun no me muero, pero los doctores no me dan demasiado tiempo. Todo empezo cuando escribí esa novela, ojala no hubiera puesto los dedos sobre la Pentium nunca. Maldigo mi nombre mil veces, yo no era así y si me llega el momento por lo menos que sea con los ojos abiertos y la consciencia tranquila.
La Escombrera vuelve a casa
Hace 2 semanas

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